viernes, 22 de junio de 2012

El curioso caso de las carnes crecidas


            
            El paciente, se presentó en el consultorio el día martes. Había sido derivado desde el gabinete psicológico del hospital. Otro que somatiza en contra de su nariz, pensé, y hasta le hice una broma al enfermero de turno acerca del asunto.
            Lo hice pasar, y me pareció un tipo normal, de buen semblante, buen porte, callado. Parecía estar completamente sano.
-Cómo le va, Hernández?- le pregunté
-No muy bien doc…- me dijo.
-Dígame, que lo trae por aquí?.
-Carnes crecidas doctor.
-Muy bien, vamos a ver…
            Le revisé la garganta, pero no pude encontrar ninguna irregularidad de la que alarmarse, sólo un poco de irritación.
-Usted está completamente sano, hombre- le dije- fuma, toma alcohol, o café?
-No, nada de eso.
-Esto es lo que vamos a hacer, le voy a dar unas pastillas para que tome…
-Pero es en la nariz, doctor.
-Cómo dijo?
-Que el problema es en la nariz.
-A ver, déjeme ver…
            Le revisé la nariz con la pinza y el espejo, pero no tenía nada. Le pregunté si de noche roncaba o tenía abneas.
-De noche no puedo respirar…-me dijo-
            A esta respuesta me reí. Le expliqué que las carnes crecidas en realidad, no estaban en la nariz, sino en la garganta. Que todo el problema estaba en su cabecita, que lo devolvería a la atención terapéutica.
            El paciente, pareció comprender la explicación. Se mostraba satisfecho con la consulta.
-Y mis pastillas?- me preguntó.
-Vaya, vaya nomás, que es mejor que siga así antes de tener que vivir de pastillas.
-Pero doc. Usted no entiende… mis carnes crecidas, en la nariz, de noche no puedo respirar…
            Lo acompañé hasta la puerta, como quien acompaña a un tonto hacia su perdición. Le sonreí, y le dí una palmada en la espalda, Hernández quedó mirándome, cerré la puerta y realicé el papelerío correspondiente. Después hice pasar al próximo paciente.
            A la semana, recibí una nota del gabinete psicológico. La misma decía: Querido doctor Giménez: por qué razón no medicó al Sr. Hernández, acaso no vió aquello que tiene en la nariz? A mí me ha mostrado, por eso lo derivé con Ud. Créame, que con la terapia no bastará para solucionar su problema. Confío en que lo volverá a ver, Lic. Domínguez.
            Inmediatamente, mandé una respuesta con la secretaría.
            Al siguiente día, el Sr. Hernández, se presentó en mi consultorio sin turno, como habíamos acordado.
            En el chequeo noté que tenía un poco de dura mucosidad en las cavidades nasales. Le pregunté si le dolía.
-Sí, mucho, no me deja respirar bien.
            Pensé que podía ser una infección por picarse la nariz, por eso le pregunté.
-No, no puedo, me duele muchísimo.- me dijo
            Pensé en un tumor. Fingí desvalorizar la cuestión, y le receté una medicación bastante fuerte.
-Me dijo que no toma usted…
-No.
            Le pedí que sacara un turno con la secretaria, para con más tiempo, realizarle una endoscopía.
-Con las pastillas se me irá el ahogo por las noches y el dolor por los días?-me preguntó.
            Le mentí, lo más probable es que tuviéramos que operar. Generalmente, son tumores benignos que se forman en las cavidades nasales, llamados Pólipos.
-Vamos a hacer una cosa, Usted sacá turno conmigo para cuando pueda. Mientras tanto yo, le voy a dejar mi teléfono para que me llame ante cualquier duda. Así lo vamos monitoreando, está bien?
            Asintió, esta vez no hizo ninguna pregunta antes de que lo despachara.
            Al día siguiente, recibí una nota de agradecimiento del psicólogo. A la vez me preguntaba cuál sería su tratamiento, si tenía que operar. Me comentaba que el paciente, se mostraba muy preocupado por ese asunto, que con el correr de las sesiones estaba más afligido. Le mandé a decir que sí, que lo vaya preparando, que era una operación simple, pero como toda operación tenía su riesgo.
            Una tarde, estaba en mi casa, recién llegado del consultorio, cuando sonó el celular. Me llamaba un número privado. Eso me disgustó, atendí. Era el Sr. Hernández.
-Cómo anda de la naríz?-Le pregunté-.
-Muy mal-me dijo- Las carnes crecidas han avanzado, me cuesta respirar aún de día. De noche no quiero dormir por miedo a ahogarme. Por favor haga algo, estas pastillas que me dio no sirven para nada, doctor!
            Traté de tranquilizarlo, y le pregunté si ya había hablado con el Licenciado Domínguez.
-No, doctor. Domínguez se fue de vacaciones, me abandonó en mi dolor. Soy un hombre sólo, si me llega a pasar algo no sé que voy a hacer. Solo cuento con usted!
- No se preocupe hombre, venga cuando quiera al consultorio que hacemos la endoscopía, sin turno, ok? También tiene tos parece…
-Sí, siento como si las carnes crecidas ya estuvieran en mi garganta.
            Debido a la tos, el paciente, no pudo continuar con la conversación. Se me disculpe la banalidad, pero lo único que atiné a pensar es que por fín las abaneas estaban en su lugar...
            El Sr. Hernández no vino a visitarme el siguiente día, ni en el resto de la semana. Intenté telefonearlo, pero el número estaba fuera de servicio. Mandé una nota al psicólogo, que había vuelto de sus vacaciones, pero no sabía nada de él.
Por las noches empecé a tener sueños extraños con las carnes crecidas. Estaban en mi nariz en forma de dientes cuadrados, o dolorosos. Intentaba sacármelas con el dedo, pero me dolían, eran parte de mi carne. Soñaba con carnes crecidas, en la nariz, en la boca, en los ojos, esa horrenda trama que se repetía en los tumores. No podía respirar, a fuerza de dedo me hacía un espacio entre las paredes superiores, donde estaba pegada la carne, para dejar pasar el aire masoquisticamente vital. Me levantaba corriendo hacia el espejo y me miraba. Nada. Sólo tenía mucosidad blanda.          
Una mañana llegué al consultorio, y encontré que el endoscopio estaba encendido. Me sorprendió, porque yo era el único capacitado en la clínica para utilizarlo. Pensé en el enfermero. La guía estaba sucia, con una materia semiblanda que parecía ser pedazos de dura mucosidad.
Consulté el historial de la máquina, y allí estaban. Eran las carnes crecidas del paciente. Carnes crecidas en la nariz, formas poligonales o dolorosas, llenas de vasos sanguíneos a la vista, carnes crecidas en la boca, carnes crecidas enquísticamente en los ojos, en las orejas, carnes crecidas debajo de las axilas y en cada remota concavidad del cuerpo humano.
Me descompuse en el cesto. Por tal motivo,  me dieron parte médico por una semana, y me recetaron terapia.
Desde ese momento, empecé a tener una obsesión con las carnes crecidas. Las veía en todas partes, en los árboles, en las paloma, en los dedos, en las mujeres rellenas, en las pelotas de squash, en las narices, en los ojos, en las esculturas ecuestres, en el sol, en los extraños, en el televisor… el hospital se había convertido en una gran carne crecida, de empleados como vasos sanguíneos, y la gente que se habría paso entre la mucosidad masoquísticamente vital, como el aire.
            Me ahogaba seguido, ya no solo de noche. Domínguez me mandó a un control de otorrinolaringología. El médico dijo que no era nada, que todo era psicológico. No volví por largo tiempo al hospital. El terapeuta me dijo que necesitaba vacaciones.
            

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